Por: Julio César
El campo mexicano enfrenta presión hídrica, envejecimiento laboral y retos de tecnificación para mantener su competitividad y exportaciones.
El sector primario mantiene un peso estratégico en la economía mexicana, tanto por su contribución al empleo y al desarrollo regional como por su capacidad para generar divisas. Sin embargo, el crecimiento de la actividad agroalimentaria enfrenta un desafío cada vez más evidente: aumentar la productividad mientras disminuye la disponibilidad de recursos naturales y cambia la estructura de la fuerza laboral.
Datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) correspondientes al primer trimestre de 2026 señalan que las actividades primarias representan 3.36% del Producto Interno Bruto (PIB) nacional. El sector genera empleo directo para 12% de la fuerza laboral y constituye el sustento de una quinta parte de la población mexicana.
A esta relevancia interna se suma su participación en el comercio exterior. México mantiene desde hace más de una década un superávit comercial agroalimentario y sus exportaciones del sector generan un flujo de divisas superior al de actividades como el turismo y las exportaciones petroleras. El país ocupa además una posición destacada en el mercado mundial de productos como aguacate, cítricos, jitomate, berries, cerveza y tequila.
En el caso del aguacate, México aporta alrededor de 30% de la producción mundial, mientras que las exportaciones de limón, lima, jitomate, zarzamora, frambuesa, arándano y fresa forman parte de una oferta agroalimentaria con presencia internacional.
El agua, uno de los principales límites para el crecimiento
La capacidad exportadora del sector convive con presiones que pueden condicionar su desempeño en los próximos años. Entre ellas destaca el uso de agua: el campo consume aproximadamente 75% del agua dulce disponible en el país, una situación que coloca la eficiencia del riego y la modernización de la infraestructura entre las necesidades prioritarias.
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La presión sobre este recurso se combina con otros problemas estructurales. La fragmentación de la tierra cultivable dificulta, en algunos casos, la incorporación de tecnologías y la generación de economías de escala. A ello se suma el envejecimiento de la fuerza laboral y la necesidad de incorporar nuevas generaciones a las actividades agropecuarias.
Estos factores plantean una cuestión que va más allá de incrementar la producción: cómo mantener la competitividad del campo mexicano utilizando de manera más eficiente los recursos disponibles.
La tecnificación y la automatización aparecen como parte de las alternativas para enfrentar este escenario. La incorporación de tecnologías puede contribuir a mejorar el manejo del agua y otros insumos, aunque su adopción depende también de la capacidad de los productores y agroindustrias para realizar inversiones de largo plazo.
El financiamiento como parte de la modernización
La transformación tecnológica del sector requiere capital y esquemas financieros que consideren las particularidades de la actividad agropecuaria. A diferencia de otros sectores, los ingresos de los productores están determinados por ciclos biológicos, temporadas de cosecha, condiciones climáticas y ventanas específicas de comercialización.
En este escenario, Banco Sabadell México señala que el financiamiento especializado puede facilitar inversiones orientadas a la modernización y automatización del campo. Ignacio Zubiría Maqueo, Subdirector General de Banca Empresas y CIC de la institución, sostuvo que el crecimiento sostenible del sector requiere esquemas financieros diseñados de acuerdo con las características operativas de los agroempresarios y con una perspectiva de largo plazo.
La institución informó que los agronegocios representan 42% de su cartera de crédito empresarial. De acuerdo con su planteamiento, sus soluciones financieras buscan considerar la estacionalidad de la producción, los ciclos biológicos de los cultivos y los periodos de comercialización de las exportaciones, en lugar de aplicar productos financieros diseñados de manera general para cualquier actividad empresarial.
Más allá de una institución financiera en particular, el desafío refleja una necesidad más amplia para el sector: que la inversión en tecnología, infraestructura y eficiencia de recursos pueda acompañar los ciclos productivos reales del campo.
Competitividad y sostenibilidad, un mismo desafío
El peso del sector primario en el empleo, el consumo interno y las exportaciones hace que sus problemas trasciendan a los productores. La disponibilidad de agua, la renovación de la fuerza laboral y la capacidad para incorporar tecnología pueden influir en el costo y la estabilidad de la producción agroalimentaria mexicana.
México parte de una posición relevante en los mercados internacionales, pero mantenerla dependerá de la capacidad para responder a esas restricciones estructurales. La tecnificación puede ser una de las herramientas para hacerlo, siempre que esté acompañada por infraestructura, inversión y mecanismos de financiamiento acordes con las características de la actividad.
El reto, por tanto, no consiste únicamente en producir más, sino en sostener la productividad del campo con un uso más eficiente de los recursos y una estructura capaz de adaptarse a las condiciones económicas y ambientales de los próximos años.
Editor-in-Chief: Julio César. Periodista con más de 15 años de experiencia en la investigación y desarrollo de contenidos especializados para medios impresos y digitales en México y Latinoamérica.
IG: @imjucesar // LinkedIn: @imjucesar
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