Cómo se construyó el Templo Mayor: materiales, tecnología y organización de una obra monumental mexica
Por: Julio César
Resumen
El Templo Mayor de Tenochtitlan fue el resultado de
aproximadamente dos siglos de transformación arquitectónica. Su construcción
implicó resolver las condiciones de un subsuelo lacustre mediante sistemas de
cimentación, rellenos y estructuras de contención, además de organizar el
suministro de piedra, tierra, madera, cal y arena. La selección de materiales
respondió a sus propiedades físicas y a su disponibilidad regional, mientras
que el transporte lacustre y el sistema tributario sostuvieron la logística de
una obra monumental. Sus sucesivas ampliaciones también reflejaron la expansión
política y religiosa del Estado mexica.
Palabras clave
templo mayor; arquitectura mexica; construcción
mesoamericana; ingeniería mexica; tenochtitlan;
arqueología; tezontle; basalto; sistemas constructivos
Parte 1. El Templo Mayor: dos siglos de transformación arquitectónica
Introducción
El Templo Mayor o Huei Teocalli fue el principal
edificio religioso de México-Tenochtitlan y uno de los proyectos
arquitectónicos de mayor complejidad desarrollados en Mesoamérica. Su
construcción no correspondió a una única obra ejecutada en un periodo
determinado, sino a un proceso acumulativo de aproximadamente dos siglos,
durante el cual el edificio fue ampliado, reforzado, remodelado y revestido de
manera recurrente.
Dedicado a Huitzilopochtli, deidad solar y de la
guerra, y a Tláloc, asociado con la lluvia y la fertilidad de la tierra,
el templo ocupaba el centro del recinto ceremonial de Tenochtitlan. Su
configuración final fue el resultado de sucesivas intervenciones que
modificaron sus dimensiones, plataformas, escalinatas, fachadas y espacios
rituales. La arqueología ha identificado siete ampliaciones generales, seis
modificaciones parciales —que afectaron una o dos fachadas—, diversas
renivelaciones y numerosos trabajos de reparación y mantenimiento.
Esta secuencia constructiva permite comprender al Templo
Mayor no como una estructura estática, sino como una arquitectura sometida a un
proceso permanente de transformación. Cada nueva etapa incorporaba la
construcción anterior dentro de una masa arquitectónica de mayores dimensiones.
Para ello era necesario disponer de grandes cantidades de piedra, tierra,
madera, cal y arena, así como de sistemas capaces de distribuir las cargas
sobre un subsuelo particularmente problemático.
Parte 2. Una arquitectura que creció con el poder mexica
La cronología de las etapas constructivas muestra la
estrecha relación entre la evolución política de Tenochtitlan y la
transformación física de su templo principal. Las primeras fases corresponden
al desarrollo inicial de la ciudad, mientras que las ampliaciones posteriores
coinciden con el periodo de expansión territorial y consolidación del poder
mexica.
De acuerdo con la secuencia propuesta por Alfredo López
Austin y Leonardo López Luján, las etapas abarcan desde la segunda mitad del
siglo XIV hasta el gobierno de Motecuhzoma II. La etapa II-IIc se sitúa
aproximadamente entre 1375 y 1427, durante los gobiernos de Acamapichtli,
Huitzilíhuitl y Chimalpopoca. Le siguieron las etapas III, IV, IVa, IVb, V, VI
y VII, asociadas respectivamente con los gobiernos de Itzcóatl, Motecuhzoma I,
Axayácatl, Tízoc, Ahuítzotl y Motecuhzoma II.
La construcción, por tanto, estuvo vinculada a una dinámica
política concreta. Las ampliaciones no obedecieron exclusivamente a necesidades
estructurales. Las nuevas dimensiones del edificio también expresaban el poder
de los gobernantes y la expansión de la esfera tributaria de Tenochtitlan. La
inauguración de una nueva etapa constructiva podía coincidir con una conquista
militar y con la incorporación de nuevos territorios y tributarios al dominio
mexica.
El crecimiento arquitectónico adquirió así una dimensión
política y ceremonial: conforme aumentaba el poder del Estado, también se
transformaba el edificio que concentraba buena parte de su legitimidad
religiosa.
Parte 3. Un proyecto condicionado por el subsuelo
Construir una estructura de grandes dimensiones en una isla
situada dentro de la cuenca lacustre de México implicaba resolver un problema
que no podía ignorarse: la baja capacidad portante y la elevada compresibilidad
de los depósitos arcillosos del subsuelo.
Los mexicas desarrollaron distintas estrategias para
distribuir el peso de las construcciones y reducir los efectos del asentamiento
diferencial. La consolidación y el apisonado del terreno constituyeron una
primera condición para estabilizar las superficies de trabajo. Sobre ellas se
combinaron pilotes de madera, capas de tierra y piedra, entortados de piedra y
argamasa, zapatas, zoclos y plataformas.
Los sistemas de contención también fueron determinantes.
Muros y corazas ayudaban a confinar los rellenos, mientras que taludes,
escalinatas y paredes de mampostería o sillería configuraban las superficies
exteriores. Estos elementos recibían posteriormente recubrimientos de estuco y
contaban con soluciones para conducir el agua mediante desagües y drenajes.
La arquitectura del Templo Mayor, por tanto, no puede
analizarse únicamente desde la geometría visible de la pirámide. Una parte
sustancial de la tecnología empleada se encontraba oculta bajo sus pisos y
rellenos, donde se concentraban las soluciones destinadas a controlar el
comportamiento de la estructura frente a un terreno inestable.
Parte 4. La selección de los materiales
La construcción exigió una combinación de materiales con
propiedades físicas diferentes. La piedra proporcionaba resistencia y
durabilidad; la tierra constituía un componente esencial de los rellenos; la
madera aportaba elementos estructurales y de cimentación; mientras que la cal y
la arena permitían producir estucos, morteros y argamasas.
La selección no fue arbitraria. Las propiedades mecánicas,
la facilidad de extracción, la disponibilidad regional y la distancia respecto
de Tenochtitlan condicionaban el uso de cada recurso.
Basalto: resistencia para los elementos sometidos a carga y desgaste
El basalto es una roca ígnea extrusiva de elevada densidad,
generalmente de tonalidades grises a negras. Los pueblos nahuas lo
identificaban genéricamente como metlátetl, expresión asociada con la
piedra utilizada para los metates. Su resistencia y dureza favorecieron su
empleo en elementos sometidos a cargas elevadas o a desgaste continuo.
En el Templo Mayor se utilizó para cimentaciones, muros de
carga, escalinatas y pisos exteriores. También fue seleccionado para la
elaboración de esculturas monumentales, entre ellas representaciones de
serpientes que formaban parte del programa simbólico del edificio.
Los principales puntos de abastecimiento se localizaban en
el Peñón de los Baños y la península de Santa Catarina. Otros volúmenes
pudieron proceder de territorios sujetos al sistema tributario, entre ellos la
península de Chimalhuacán, el Pedregal de San Ángel y las formaciones situadas
al sur de Xochimilco.
La procedencia de estos materiales muestra que el
abastecimiento de piedra se apoyaba simultáneamente en la explotación de
recursos cercanos y en redes políticas capaces de canalizar materias primas
hacia la capital.
Escoria volcánica: un material ligero para los rellenos
La escoria volcánica, conocida en náhuatl como tezontli,
presenta una estructura vesicular que reduce considerablemente su densidad
respecto de otras rocas volcánicas. Sus tonalidades pueden variar entre el
rojo, el violáceo y el negro.
Su combinación de ligereza, resistencia, durabilidad frente
a la intemperie y buena adherencia con la argamasa explica la amplitud de sus
aplicaciones. Se empleó en rellenos constructivos, escalinatas, fachadas,
firmes de pisos de estuco, banquetas, muros interiores, sistemas de calefacción
y drenajes.
Entre sus fuentes se encontraban el Peñón de los Baños, el
Peñón del Marqués, el Cerro de las Estrellas y distintas elevaciones de la
península de Santa Catarina.
Desde una perspectiva constructiva, el tezontli resultaba
particularmente adecuado para generar grandes volúmenes de relleno sin
introducir una masa pétrea excesivamente pesada en un terreno cuya capacidad
portante era limitada.
Andesita de lamprobolita: piedra para superficies y revestimientos
La andesita de lamprobolita es una roca ígnea extrusiva de
tonalidades rosadas y violáceas. En la Cuenca de México se conocía como tenayocátetl,
o piedra de Tenayuca.
Su principal ventaja constructiva reside en la
pseudoestratificación que presenta en capas de espesor variable. Esta
característica natural facilita la obtención de superficies planas y favorece
la producción de losetas, piedras esquineras y sillares destinados a
revestimientos.
La materia prima procedía de la Formación Chiquihuite,
localizada en la Sierra de Guadalupe, particularmente en los cerros del
Chiquihuite, Tianguillo, Tenayo, Gordo y Botano. Durante el siglo XV estas
elevaciones se encontraban en las proximidades del lago de Texcoco,
aproximadamente entre 9 y 12 kilómetros de Tenochtitlan.
Andesita de piroxenos: estabilidad y resistencia al desgaste
La andesita de piroxenos, denominada itztapáltetl, es
una roca ígnea extrusiva de elevada densidad y tonalidades grises. Su
estructura presenta una pseudoestratificación relativamente plana, condición
que facilitaba la obtención de lajas de superficies regulares.
Estas piezas fueron utilizadas en pisos exteriores debido a
su resistencia al desgaste y a la exposición ambiental. También participaron en
plantillas de cimentación, bases de drenajes y estructuras asociadas con cajas
de ofrenda.
Sus fuentes se localizaban en la Formación Santa
Isabel-Peñón, en la isla de Tepetzingo, y en distintos sectores de la Sierra de
Guadalupe, particularmente en los cerros El Guerrero, Santa Isabel y Los
Gachupines.
La tierra como componente estructural
La tierra fue uno de los materiales más abundantes y, al
mismo tiempo, menos visibles de la arquitectura del Templo Mayor. Cada
ampliación exigía sepultar la etapa anterior mediante enormes volúmenes de
relleno antes de establecer una nueva plataforma.
El material utilizado presentaba características arcillosas,
elevada plasticidad, adherencia y una coloración café oscura. Su procedencia
lacustre explica la presencia de restos orgánicos y biológicos, como algas,
tules, escamas de pescado y caracoles.
Las fuentes documentadas incluían diferentes tipos de
tierras identificadas en náhuatl como azóquitl, tlalcocomoctli y tezóquitl,
entre otras variedades empleadas para producir barro, adobes, paredes y pisos.
La coloración oscura de estos materiales está relacionada
con su contenido de materia orgánica. Su presencia en los rellenos evidencia
que la construcción del templo estaba estrechamente vinculada con el entorno
lacustre en el que se desarrolló la ciudad.
La madera: cimentación y estructura
Los estudios de identificación taxonómica han demostrado la
utilización de diversas especies arbóreas, entre ellas pinos, abetos, cedros y
ahuejotes. Estos recursos procedían de los bosques templados y fríos de las
sierras que rodeaban la Cuenca de México, incluyendo las sierras Nevada,
Chichinauhtzin —Ajusco—, de las Cruces, de Santa Catarina y de Guadalupe.
La madera, cuáhuitl en náhuatl, tenía aplicaciones
estructurales diversas. Se empleaba en estacas de cimentación, jambas y
dinteles de acceso, columnas, pilastras, vigas y morillos destinados a sostener
las cubiertas.
Su abastecimiento combinaba el intercambio comercial y el
tributo. La madera podía adquirirse trabajada o sin trabajar en mercados como
los de Coyoacán y Tlatelolco, mientras que distintos señoríos, entre ellos
Chalco, Xochimilco y Cuahuacan, la entregaban periódicamente como parte de sus
obligaciones tributarias.
Los vestigios de madera tallada recuperados
arqueológicamente constituyen una evidencia directa de este componente de la
arquitectura, cuya presencia resulta especialmente significativa debido a la
dificultad de conservar materiales orgánicos en contextos arqueológicos.
Cal y arena: superficies, morteros y acabados
La cal obtenida de rocas calizas y la arena volcánica fueron
indispensables para fabricar estucos, enlucidos y argamasas. Estos materiales
recubrían pisos, escalinatas, fachadas, muros, banquetas y conductos de
drenaje, al tiempo que contribuían a fijar superficies pétreas al sustrato.
La disponibilidad de cal implicaba una dificultad
particular. La Cuenca de México carece de afloramientos extensos de rocas
sedimentarias adecuadas para su producción, por lo que la piedra caliza debía
transportarse desde regiones relativamente distantes.
Los análisis químicos y geológicos han señalado como
posibles áreas de procedencia el norte del Estado de México y el suroeste de
Hidalgo, especialmente los alrededores de Tula. La arena volcánica, por su
parte, podía obtenerse dentro de la propia cuenca. Existen registros que
indican que los mazahuaques del Valle de Toluca tributaron arena para una
ampliación del Templo Mayor realizada hacia 1467.
El sistema de abastecimiento revela que incluso los
materiales de apariencia más común formaban parte de una red logística
articulada mediante mercados, explotación local y mecanismos tributarios.
Parte 5. Transportar toneladas sin animales de carga
La logística constituye uno de los aspectos más reveladores
de la construcción del Templo Mayor. En Mesoamérica no existían animales de
tiro o de carga empleados sistemáticamente para transportar materiales de
construcción. El movimiento de las materias primas dependía, por tanto, de la
fuerza humana y de la infraestructura disponible.
La ubicación insular de Tenochtitlan ofrecía una ventaja
decisiva: la extensa red lacustre. Salvo algunas excepciones, numerosos
materiales podían extraerse en lugares relativamente próximos y trasladarse por
agua hasta la ciudad.
Los tlamamaque, o cargadores, utilizaban canoas —acalli—
para transportar los materiales. De acuerdo con estimaciones basadas en
información histórica, estudios etnográficos y experimentos de transporte, una
persona capaz de llevar a pie una carga máxima cercana a 23 kilogramos durante
una jornada podía trasladar hasta aproximadamente 1,200 kilogramos en una
canoa, a velocidades estimadas de entre 2.6 y 3.5 kilómetros por hora.
La diferencia no es menor. El transporte lacustre modificaba
sustancialmente la relación entre peso, distancia y esfuerzo humano, y
constituía uno de los factores que hacían viable el abastecimiento de una obra
de estas dimensiones.
Parte 6. Medir para construir
La escala del proyecto también exigía procedimientos de
medición. Los mexicas contaban con unidades relacionadas con las dimensiones
del cuerpo humano que podían aplicarse a terrenos, sectores urbanos, edificios,
obras de ingeniería y esculturas.
Entre ellas se encuentran el yollotli, asociado con
el corazón y equivalente aproximadamente a 83.34 centímetros; el xocpalli,
asociado a la planta del pie y correspondiente a un tercio de esa unidad,
alrededor de 27.78 centímetros; el ítzetl, asociado a la uña y equivalente
a un cuarto, aproximadamente 20.84 centímetros; y el macpalli, asociado
con la palma de la mano y equivalente a cerca de 8.33 centímetros.
La evidencia arqueológica también ha llevado a proponer
relaciones numéricas entre determinadas dimensiones arquitectónicas, las
distancias entre edificios y las proporciones de esculturas monolíticas con
valores vinculados con sistemas calendáricos y cosmológicos, entre ellos 3, 4,
5, 9, 13, 18, 20, 52, 260, 365 y 584.
Los mexicas no empleaban fracciones en el sentido moderno.
Para expresar dimensiones intermedias combinaban unidades diferentes, un
procedimiento que exigía conocer y aplicar de manera consistente un sistema
metrológico.
Parte 7. Una pirámide que nunca permanecía igual
El Templo Mayor constituye una muestra excepcional de la
evolución de la arquitectura mexica. Su desarrollo comenzó con una estructura
relativamente modesta y culminó en una enorme pirámide de piedra que, al
momento de la llegada de los conquistadores españoles, alcanzaba
aproximadamente 45 metros de altura.
Cada ampliación implicaba una operación de ingeniería de
considerable magnitud. La estructura precedente no se demolía necesariamente
para construir la siguiente; con frecuencia se incorporaba dentro de una nueva
masa arquitectónica. Para ello se añadían rellenos, muros de contención,
plataformas y revestimientos que incrementaban progresivamente las dimensiones
del edificio.
Los fenómenos naturales pudieron motivar determinadas
intervenciones. Los terremotos, las inundaciones y el hundimiento diferencial
del terreno afectaban una construcción asentada sobre depósitos lacustres
compresibles. El mantenimiento y la reparación eran, por ello, parte inherente
de la vida útil del edificio.
La dimensión política de las ampliaciones fue igualmente
determinante. El templo crecía conforme se expandía el dominio mexica. Cada
nueva etapa podía funcionar como una manifestación material de la capacidad del
gobernante para movilizar recursos, trabajadores y tributos procedentes de
territorios cada vez más extensos.
La arquitectura se convirtió así en un registro físico de la
expansión imperial.
Parte 8. El color como componente arquitectónico
La imagen actual del Templo Mayor resulta inevitablemente
incompleta si se observa únicamente la piedra expuesta por la arqueología. En
su época de funcionamiento, las superficies estaban recubiertas y
cuidadosamente acabadas.
Las fachadas recibían capas de estuco que eran renovadas
periódicamente. Esta práctica mantenía las superficies claras, uniformes y
visualmente brillantes. La policromía se concentraba especialmente en las dos
capillas situadas en la parte superior, tanto en sus espacios interiores como
en determinadas superficies exteriores.
La paleta conocida era relativamente reducida e incluía
rojo, ocre, azul, negro y blanco. Los pigmentos, particularmente los utilizados
en exteriores, eran en buena medida de origen mineral y se aplicaban sobre
superficies completas o para configurar diseños geométricos en puertas, frisos,
cornisas y almenas.
Los espacios interiores podían presentar programas
iconográficos más complejos. En la capilla asociada con Huitzilopochtli se
representaban elementos relacionados con el armamento, mientras que en la
correspondiente a Tláloc aparecían imágenes vinculadas con el dios del maíz.
La policromía no constituía un acabado secundario. Formaba
parte del sistema visual mediante el cual el edificio comunicaba identidades
divinas, funciones rituales y relaciones cosmológicas.
Parte 9. La escultura monumental y el programa simbólico
La arquitectura estaba integrada con un amplio programa
escultórico. Monolitos de basalto y andesita, originalmente policromados,
completaban el significado religioso del conjunto.
La presencia recurrente de serpientes respondía a la
asociación del Templo Mayor con el Coatépetl, el Cerro de las
Serpientes, escenario mítico relacionado con el nacimiento de Huitzilopochtli.
La escultura, por tanto, no funcionaba únicamente como ornamento: articulaba
visualmente la arquitectura con los relatos fundamentales de la tradición
religiosa mexica.
En la parte superior se encontraban las imágenes de
Huitzilopochtli y Tláloc, junto con cuatro esculturas de la diosa terrestre
Coatlicue, un chacmool y dos portaestandartes. En las áreas inferiores
se ubicaban, entre otras piezas, los monolitos de Coyolxauhqui y Tlaltecuhtli,
además de esculturas menores que representaban guerreros estelares, ranas y
serpientes.
La elección de la piedra también respondía a sus
características físicas. La Piedra del Sol fue tallada en basalto, mientras que
los monolitos de Coyolxauhqui y Tlaltecuhtli fueron elaborados en andesita de
lamprobolita.
Conclusiones
La construcción del Templo Mayor exigió mucho más que la
acumulación de piedra. Supuso desarrollar procedimientos para trabajar sobre un
terreno compresible, seleccionar materiales de acuerdo con sus propiedades,
organizar su extracción, transportarlos hasta la capital y distribuirlos dentro
de una obra sometida a ampliaciones continuas.
La solución constructiva fue necesariamente colectiva. Los
gobernantes mexicas movilizaron recursos propios, productos obtenidos mediante
intercambio y materiales aportados como tributo por pueblos aliados y
sometidos. La disponibilidad de mano de obra estaba igualmente vinculada con
esa estructura política.
Desde esta perspectiva, el Templo Mayor puede entenderse
como la convergencia de tres sistemas que funcionaban simultáneamente. El
primero era técnico, porque exigía resolver problemas de cimentación,
carga, drenaje, revestimiento y estabilidad. El segundo era logístico,
debido a la necesidad de abastecer una obra de grandes dimensiones mediante
redes terrestres y lacustres. El tercero era político y religioso,
porque cada ampliación transformaba el edificio en una manifestación tangible
del poder territorial y de la legitimidad ritual de sus gobernantes.
El resultado fue una estructura que alcanzó unos 45 metros
de altura —una dimensión comparable a la altura total de la Columna de la
Independencia de la Ciudad de México— y que, durante aproximadamente dos
siglos, fue modificándose conforme cambiaban las condiciones materiales,
políticas y religiosas de Tenochtitlan.
El Templo Mayor no fue, por ello, una pirámide construida de
una sola vez. Fue una arquitectura acumulativa, sometida a mantenimiento,
ampliación y renovación. Sus piedras, rellenos, maderas, estucos, pigmentos,
sistemas de drenaje y esculturas conservan la evidencia de un conocimiento
técnico capaz de convertir los recursos de un entorno lacustre en una obra
monumental. Su crecimiento físico acompañó la expansión del Estado mexica hasta
convertir al edificio en una expresión material de la ciudad, de su sistema
tributario y de la concepción cosmológica que sustentaba su poder.
Editor-in-Chief: Julio César. Periodista con más de 15 años de experiencia en la investigación y desarrollo de contenidos especializados para medios impresos y digitales en México y Latinoamérica.
IG: @imjucesar // LinkedIn: @imjucesar
Referencias
Secretaría de Cultura, Instituto Nacional de Antropología
e Historia (INAH), Museo del Templo Mayor y Proyecto Templo Mayor. ¡Manos
a la obra! Cómo construir una pirámide. Exposición. Curaduría y textos:
Leonardo López Luján y Michelle De Anda Rogel. Investigación: Agustín Ortiz,
Alejandro Quintanar, Alessandra Pecci, Aurora Montúfar, Camila Pascal, Domenico
Miriello, Donatella Barca, Fernando Carrizosa, Giacomo Chiari, Gino M. Crisci,
Jaime Torres, Jorge Blancas, Leonardo López Luján, Luis Barba, Michelle De Anda
Rogel, Osiris Quezada, Raffaella de Lucca y Thania García Zefireno. Diseño
gráfico: Samara Velázquez Arteaga.
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