Por: Julio César
El estrés laboral en México aumentó cinco puntos y alcanzó 62%. La creatividad requiere concentración, pero también pausas y recuperación.
La presión por responder con rapidez, mantenerse disponible y producir nuevas ideas puede terminar afectando precisamente las capacidades que las organizaciones buscan fortalecer. En México, 62% de la población trabajadora encuestada reportó niveles moderados o severos de estrés relacionado con su vida profesional durante el último año, cinco puntos porcentuales más que en 2025.
El dato forma parte del AXA Mind Health Report 2026, que analiza respuestas de trabajadores en 18 países. México registró el tercer porcentaje más alto de la muestra, después de Turquía e Italia.
El resultado debe interpretarse con cautela: se trata de respuestas autoinformadas y no de diagnósticos clínicos. Tampoco constituye, por sí mismo, una clasificación absoluta de la salud mental de los países participantes. Aun así, el incremento frente al año anterior pone atención sobre una tensión presente en muchos espacios de trabajo: exigir creatividad, capacidad de respuesta y concentración constante puede ser incompatible con la forma en que funciona el pensamiento complejo.
La creatividad necesita concentración, pero también distancia
Resolver problemas complejos y generar ideas originales no implica mantener el mismo nivel de concentración durante toda la jornada. Después de analizar un problema, reunir información y explorar alternativas, tomar distancia durante un periodo puede ayudar a modificar la perspectiva desde la que se aborda.
Maite Moreno, Directora del Máster en RRHH de EAE Business School, explica que existe una idea extendida según la cual una persona productiva debe permanecer concentrada durante todo el día. Desde su perspectiva, la creatividad requiere atención intensa, pero no de manera ininterrumpida.
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La clave estaría en alternar diferentes estados de trabajo mental: primero comprender el desafío y profundizar en él; después apartarse temporalmente; y finalmente regresar para revisar las ideas que surgieron y determinar cuáles tienen utilidad.
Este proceso se conoce como incubación. No consiste simplemente en abandonar una tarea cuando aparece una dificultad. Antes de hacer una pausa debe existir un trabajo previo: definir el problema, recopilar información, identificar restricciones y explorar posibles soluciones.
Sin esa preparación, alejarse del reto difícilmente producirá una respuesta relevante. La pausa tampoco garantiza que aparezca una buena idea; crea, bajo determinadas condiciones, la posibilidad de regresar con una perspectiva menos rígida.
No toda pausa ayuda a pensar mejor
Cuando una persona llega a un bloqueo, cambiar temporalmente de actividad puede resultar más útil que insistir de manera indefinida en la misma solución.
Caminar, ordenar materiales, realizar una tarea rutinaria o conversar con alguien son ejemplos de actividades de baja exigencia que pueden ayudar a disminuir la fijación sobre una única respuesta. Después, el problema debe retomarse y las nuevas ideas tienen que ser analizadas.
Esto es diferente de revisar continuamente las redes sociales o responder mensajes mientras se supone que existe un periodo de descanso.
La fragmentación digital obliga a cambiar de foco de manera repetida. Cada notificación, mensaje o interrupción introduce una nueva demanda de atención, de modo que una supuesta pausa puede terminar aumentando la carga mental.
La diferencia está entre desconectarse deliberadamente de una tarea y sustituirla por una sucesión de estímulos que mantienen al cerebro en estado de respuesta.
La creatividad también depende de cómo se organiza el trabajo
La responsabilidad de gestionar la atención no recae exclusivamente en cada trabajador. Una persona puede intentar proteger sus periodos de concentración, pero tendrá dificultades para hacerlo si su jornada está marcada por reuniones consecutivas, respuestas inmediatas y múltiples canales abiertos de comunicación.
Maite Moreno advierte precisamente sobre esta contradicción: pedir creatividad mientras se mantiene una dinámica laboral basada en interrupciones permanentes puede dificultar la generación de ideas de calidad.
Desde esta perspectiva, el problema no consiste en incorporar más pausas de manera indiscriminada, sino en diseñar mejor los momentos de concentración y desconexión.
Las organizaciones pueden contribuir reservando periodos sin reuniones, reduciendo interrupciones que no sean necesarias y estableciendo expectativas razonables sobre los tiempos de respuesta. Estas medidas no eliminan las exigencias del trabajo, pero pueden facilitar que las personas dispongan de momentos en los que realmente puedan profundizar en una tarea.
De una idea a una solución hay un paso más
Otro punto importante es diferenciar creatividad de innovación.
La creatividad está relacionada con la generación de propuestas que sean novedosas y útiles. La innovación requiere un proceso posterior: seleccionar las ideas con potencial, desarrollarlas y llevarlas a la práctica para generar algún tipo de valor.
Por eso, una pausa no debe evaluarse por la cantidad de ideas que produce. Lo relevante es qué ocurre después de ella.
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Una forma de estructurar ese proceso consiste en separar cuatro movimientos: definir con precisión el problema, proteger un periodo de concentración, introducir una pausa de incubación y regresar para evaluar las alternativas.
La última etapa evita confundir una ocurrencia novedosa con una solución viable. También permite contrastar las propuestas con las restricciones reales del trabajo y determinar cuáles merecen desarrollarse.
No existe una fórmula única para trabajar y descansar
La duración adecuada de una sesión de concentración o de una pausa depende de factores como la complejidad de la actividad, el nivel de fatiga y las características de cada persona. Por eso, establecer bloques idénticos para todos los trabajadores no necesariamente resolvería el problema.
La gestión de la atención igualmente forma parte de hábitos que ocurren fuera de la oficina. Dormir lo suficiente, realizar actividad física, desconectarse del trabajo al terminar la jornada y disponer de espacios de ocio contribuyen a conservar recursos necesarios para aprender, pensar y resolver problemas complejos.
El aumento del estrés laboral registrado en México añade otra dimensión al debate. Si las empresas esperan capacidad de adaptación, creatividad y respuestas rápidas, mantener a las personas en un estado de disponibilidad permanente puede terminar jugando en contra de esos objetivos.
La productividad, en este sentido, no depende únicamente de cuánto tiempo permanece una persona frente a una tarea. También importa cómo se distribuyen la concentración, las pausas y la recuperación a lo largo del trabajo. Para las organizaciones, el desafío consiste en crear condiciones que permitan alternar esos momentos sin convertir la desconexión en otra fuente de presión.
Editor-in-Chief: Julio César. Periodista con más de 15 años de experiencia en la investigación y desarrollo de contenidos especializados para medios impresos y digitales en México y Latinoamérica.
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