Por: Julio César
Una encuesta de Gleeden revela cómo el uso frecuente de videojuegos puede generar conflictos de pareja por falta de atención y convivencia.
El crecimiento de los videojuegos entre los adultos mexicanos está modificando también la dinámica dentro de algunas relaciones de pareja. Una encuesta realizada por Gleeden entre sus usuarias muestra que el uso frecuente de videojuegos puede convertirse en una fuente de discusiones, desgaste emocional y, en determinados casos, un factor que algunas mujeres relacionan con la decisión de ser infieles.
Según el estudio, 4 de cada 10 mujeres encuestadas aseguran que la adicción de su cónyuge a las pantallas las ha empujado a cometer una infidelidad. El resultado no establece que los videojuegos sean una causa directa de la infidelidad, pero sí apunta a un conflicto más amplio: la percepción de que el tiempo dedicado al entretenimiento digital está desplazando la convivencia y la atención dentro de la relación.
El fenómeno ocurre en un país donde jugar videojuegos forma parte de la vida cotidiana de millones de personas. Datos de The Competitive Intelligence Unit (CIU) citados en el estudio señalan que México cuenta con más de 70 millones de gamers y alrededor de 6 millones de espectadores de contenido relacionado con videojuegos en plataformas de transmisión. La edad media de los jugadores es de 34 años, lo que muestra que el gaming dejó de estar asociado principalmente con adolescentes.
El problema no sería jugar, sino sentirse desplazado
La encuesta de Gleeden revela que 39% de las usuarias consultadas ha discutido con su pareja por el uso de videojuegos, mientras que para 36% se trata de un motivo recurrente de conflicto.
Además, 72% de las participantes señala que convive con un jugador y 29% afirma que su pareja juega diariamente.
Detrás de las discusiones aparece un patrón relacionado con la percepción de abandono. Para 45% de las encuestadas, el principal problema es precisamente la sensación de abandono; 35% identifica la falta de atención y 20% la ausencia de presencia emocional.
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Así, el conflicto no necesariamente surge por el videojuego como actividad de ocio. Lo que puede deteriorar la relación es lo que ocurre cuando las horas frente a la pantalla reducen los espacios para conversar, compartir actividades o responder a las necesidades afectivas de la pareja.
Una partida puede durar minutos u horas, pero para quien espera atención, la percepción puede ser distinta: estar físicamente en el mismo espacio no necesariamente significa compartir tiempo de calidad.
Tareas domésticas y planes en pareja, entre los puntos de fricción
De igual modo, la encuesta identifica situaciones concretas que incrementan el malestar entre las parejas.
El desequilibrio en las tareas del hogar aparece como uno de los principales motivos señalados por las participantes: 40% menciona que su pareja prefiere continuar jugando en lugar de colaborar con actividades como la limpieza.
Otro 35% señala la falta de planes compartidos. En estos casos, el conflicto surge cuando una persona prefiere quedarse en casa jugando en lugar de realizar actividades fuera de casa con su pareja.
La irritabilidad cuando se interrumpe una partida fue mencionada por 25% de las encuestadas. Las reacciones defensivas o de molestia ante una petición de atención pueden convertir una actividad recreativa en un nuevo punto de tensión dentro de la convivencia.
Los porcentajes describen las experiencias reportadas por las usuarias participantes y no permiten establecer que estas situaciones se presenten de la misma manera entre todas las parejas mexicanas. Aun así, muestran los temas alrededor de los cuales se concentra el conflicto dentro del grupo consultado.
Una industria que también cambió la rutina de los adultos
La dimensión del fenómeno resulta más clara al observar cuánto ha crecido el ecosistema de los videojuegos en México. Con decenas de millones de jugadores y una edad media de 34 años, el gaming forma parte de los hábitos de ocio de una población adulta que también mantiene responsabilidades laborales, familiares y de pareja.
Juegos como League of Legends, Free Fire, Call of Duty y EA Sports FC ocupan una parte importante del tiempo de numerosos jugadores. A esto se suma el consumo de transmisiones y contenido relacionado con videojuegos, que extiende la actividad más allá de la experiencia de jugar directamente.
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El reto aparece cuando el entretenimiento digital compite con otros espacios necesarios para la convivencia. El tiempo disponible para conversar, realizar tareas domésticas, salir juntos o simplemente compartir un momento puede verse afectado cuando una de las personas dedica una parte considerable de su rutina a jugar.
En ese escenario, la discusión deja de ser exclusivamente sobre videojuegos y pasa a involucrar expectativas de convivencia, distribución de responsabilidades y atención emocional.
Cuando el conflicto llega a la relación
La encuesta de Gleeden vincula estas experiencias con la infidelidad. El dato más relevante es que 4 de cada 10 mujeres consultadas afirma haber sido empujada a ser infiel por la adicción de su pareja a las pantallas.
Es importante leer este resultado dentro de sus límites: se trata de una encuesta online realizada del 1 al 15 de agosto entre 12,000 usuarias de Gleeden, por lo que sus resultados representan las respuestas de ese grupo y no una medición estadística de todas las mujeres o parejas de México.
Más que demostrar una relación causal entre videojuegos e infidelidad, los resultados ponen sobre la mesa una cadena de situaciones: mayor tiempo frente a las pantallas, percepción de abandono, menor atención, conflictos por las responsabilidades domésticas y reducción de los espacios compartidos.
Cuando esa dinámica se mantiene, el deterioro de la relación puede ir más allá de una discusión ocasional. La falta de presencia emocional puede convertirse en una fuente constante de insatisfacción y abrir la puerta a que alguno de los integrantes busque fuera de la relación la atención o compañía que considera ausente en casa.
La expansión del gaming entre los adultos mexicanos abre así una cuestión que va más allá de cuánto tiempo se juega. El punto de tensión está en cómo se distribuye el tiempo de ocio dentro de una relación y qué ocurre cuando una actividad individual termina ocupando el espacio destinado a la convivencia.
En la vida en pareja, el desafío no necesariamente consiste en eliminar los videojuegos, sino en encontrar un equilibrio entre el entretenimiento personal, las responsabilidades compartidas y el tiempo dedicado a la relación. Cuando ese equilibrio se rompe, la pantalla puede terminar convirtiéndose en el escenario visible de un problema que en realidad tiene que ver con atención, comunicación y presencia emocional.
Editor-in-Chief: Julio César. Periodista con más de 15 años de experiencia en la investigación y desarrollo de contenidos especializados para medios impresos y digitales en México y Latinoamérica.
IG: @imjucesar // LinkedIn: @imjucesar
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