Barro y cerámica en México: poéticas de lo utilitario

La exposición Barro y cerámica en México: Poéticas de lo utilitario

Por: Julio César

Resumen

La cerámica constituye una de las tecnologías materiales de mayor continuidad histórica en el territorio que actualmente corresponde a México. Su desarrollo se encuentra asociado con procesos de adaptación tecnológica, transmisión de conocimientos, intercambio cultural, transformación económica y construcción de significados sociales. A partir de la exposición Barro y cerámica en México: Poéticas de lo utilitario, presentada por el Banco Nacional de México a través de Patrimonio y Fomento Cultural Banamex, este artículo examina la evolución de la producción cerámica desde las tradiciones originarias hasta las prácticas contemporáneas. El análisis considera la interacción entre sistemas cerámicos prehispánicos, técnicas novohispanas, circulación transpacífica de objetos, incorporación de influencias europeas, asiáticas y africanas, industrialización, nacionalismo cultural, desarrollo del diseño moderno y experimentación con cerámica de alta temperatura. Se plantea que la historia de este material no puede explicarse como una sucesión lineal de estilos, sino como un proceso de continuidad y transformación en el que las funciones utilitarias, las tecnologías de producción y los valores simbólicos se modifican de manera interdependiente. La persistencia de la vasija como estructura formal constituye un caso particularmente significativo: pese a los cambios tecnológicos y culturales, las funciones de contener, servir, almacenar y transportar han mantenido una presencia constante. Desde esta perspectiva, la cerámica mexicana puede entenderse como un sistema de conocimiento material en el que tradición, innovación y contexto social permanecen estrechamente relacionados.

Palabras clave

cerámica mexicana; alfarería; cultura material; barro; mayólica; alta temperatura; diseño; artesanía; industrialización; materialidad

Parte 1. Continuidad tecnológica, intercambio cultural y transformación de la materialidad cerámica

Introducción

El barro constituye una de las materias primas cuya transformación ha acompañado durante milenios el desarrollo de las sociedades asentadas en el territorio mexicano. Su disponibilidad, plasticidad y capacidad para adquirir estabilidad mediante la cocción favorecieron la elaboración de recipientes, herramientas, objetos rituales y elementos arquitectónicos. Con el tiempo, el conocimiento acumulado alrededor de la selección de las arcillas, su preparación, modelado, secado y cocción dio lugar a sistemas técnicos altamente especializados.

La importancia histórica de la cerámica, no obstante, excede sus propiedades físicas. Los objetos producidos a partir de arcillas registran formas de organización social, prácticas alimentarias, sistemas de intercambio, concepciones religiosas y transformaciones económicas. Una pieza cerámica puede, por tanto, ser analizada simultáneamente como objeto funcional, producto tecnológico, mercancía, expresión estética y documento material.

Esta condición explica la dificultad de establecer una separación estricta entre arte, artesanía y diseño cuando se estudia la producción cerámica mexicana. Las categorías contemporáneas responden a sistemas institucionales y disciplinares que no siempre corresponden con las condiciones históricas en las que fueron fabricados los objetos. Una vasija concebida para almacenar alimentos pudo haber requerido un conocimiento técnico considerable y poseer, al mismo tiempo, una dimensión simbólica o estética.

La exposición Barro y cerámica en México: Poéticas de lo utilitario, integrada por 690 piezas y conjuntos, propone precisamente una lectura transversal de este fenómeno. Su recorrido abarca desde las tradiciones precolombinas hasta la creación contemporánea e incorpora producción indígena, arte popular, manufactura industrial, diseño y cerámica de autor.

El propósito de este análisis es examinar los principales procesos que han configurado esta trayectoria, prestando particular atención a tres variables relacionadas entre sí: transformación tecnológica, circulación cultural y modificación de la función del objeto. Bajo este enfoque, la historia de la cerámica mexicana aparece como un sistema dinámico en el que las innovaciones no sustituyen necesariamente a las tradiciones anteriores, sino que interactúan con ellas.

Parte 2. La cerámica como tecnología cultural

La producción cerámica comienza con una transformación elemental: convertir un material geológico en un objeto con propiedades físicas diferentes. La arcilla puede ser moldeada mientras conserva determinado contenido de humedad y, mediante el secado y la cocción, adquiere una estabilidad que hace posible su utilización durante periodos prolongados.

Este proceso aparentemente sencillo involucra numerosas variables. La composición mineralógica de la pasta influye sobre su plasticidad y comportamiento térmico; el tratamiento de la superficie modifica la absorción y la apariencia; los pigmentos y esmaltes incorporan propiedades ópticas y funcionales, mientras que la temperatura y la atmósfera de cocción determinan transformaciones químicas que afectan la estructura final.

El conocimiento de estas variables fue desarrollado históricamente mediante observación, experimentación y transmisión de saberes. En consecuencia, la alfarería debe entenderse también como una tecnología cultural: un conjunto de conocimientos prácticos que una comunidad conserva, modifica y transmite.

La continuidad de este conocimiento resulta particularmente visible en la permanencia de determinadas formas. Entre ellas destaca la vasija, cuya estructura básica responde a una necesidad universal: crear un espacio capaz de contener una sustancia. A partir de esta función elemental surgieron recipientes destinados a almacenar agua, preparar alimentos, transportar productos, realizar intercambios comerciales o participar en prácticas rituales.

La persistencia de la vasija no implica inmovilidad formal. Por el contrario, su estructura ha funcionado como una plataforma para experimentar con proporciones, superficies, volúmenes, técnicas decorativas y sistemas de cocción. Esta combinación entre permanencia funcional y variabilidad formal constituye uno de los rasgos que explican la longevidad de la cerámica.

Parte 3. Tradiciones originarias y circulación de conocimientos

Las culturas originarias desarrollaron sistemas cerámicos diversos mucho antes de la conformación de México como Estado nacional. Sus producciones deben estudiarse dentro de redes regionales de intercambio, migración y transmisión tecnológica que superaban las fronteras políticas contemporáneas.

Las diferencias entre comunidades no sólo se expresaron en motivos decorativos. También involucraron formas de preparación de las pastas, técnicas de modelado, construcción de hornos, tratamientos de superficie y procedimientos de cocción. Estos conocimientos respondieron a la disponibilidad local de materias primas y a las necesidades específicas de cada grupo.

La diversidad cerámica del territorio mexicano, por consiguiente, no puede interpretarse como una suma de estilos aislados. Es el resultado de múltiples procesos de interacción. Algunos sistemas técnicos se mantuvieron durante largos periodos; otros fueron modificados por desplazamientos de población, contactos comerciales o incorporación de nuevas materias primas.

Este carácter dinámico resulta relevante para interpretar las piezas posteriores. La producción novohispana no surgió sobre un territorio tecnológicamente vacío. Los nuevos procedimientos europeos se encontraron con conocimientos indígenas ya consolidados, generando procesos de adaptación y transferencia en ambas direcciones.

Parte 4. La Nueva España: tecnología, mestizaje y comercio transpacífico

La instauración del régimen colonial introdujo transformaciones significativas en la producción cerámica. Las técnicas de vidriado desarrolladas en la península ibérica fueron incorporadas a los territorios americanos y comenzaron a relacionarse con tradiciones locales.

La influencia andalusí sobre la cerámica europea constituye uno de los antecedentes de este proceso. El desarrollo de esmaltes y vidriados, junto con repertorios geométricos, vegetales y caligráficos, formó parte de una tradición tecnológica que posteriormente se trasladó a América mediante los circuitos del Imperio español.

En la Nueva España, la adaptación de estas técnicas generó producciones como la mayólica y la talavera. El resultado no fue una reproducción exacta de los modelos europeos. Las condiciones materiales locales, las capacidades de los talleres y la demanda de los consumidores modificaron los procedimientos y repertorios originales.

El comercio transpacífico introdujo una segunda fuente de transformación. Desde el siglo XVI, la ruta del Galeón de Manila –la llamada Nao de China– conectó Manila con Acapulco y estableció un circuito regular para el intercambio de bienes entre Asia, América y, posteriormente, Europa. Las porcelanas chinas destinadas a los mercados de exportación ejercieron una influencia considerable sobre los gustos de los consumidores novohispanos.

La importancia de este fenómeno no se limita a la circulación de objetos. La llegada de porcelanas asiáticas introdujo nuevas referencias sobre blancura, brillo, decoración, forma y calidad material. Los productores locales respondieron mediante adaptaciones que incorporaron elementos de ese repertorio a tecnologías existentes.

La cerámica se convirtió así en un indicador particularmente sensible de la globalización temprana. Los objetos permiten seguir las rutas de circulación de conocimientos y preferencias mucho antes de la existencia de los sistemas industriales contemporáneos.

Parte 5. Tonalá y Guanajuato: adaptación regional de la tradición

La producción de Tonalá constituye un caso significativo debido a la combinación de tradición local, demanda externa e innovación técnica. Durante el periodo novohispano, sus piezas adquirieron reconocimiento por sus cualidades formales y decorativas. Determinados objetos incorporaron repertorios iconográficos indígenas dentro de estructuras destinadas a circuitos de consumo coloniales.

Este fenómeno demuestra que la producción cerámica podía actuar como espacio de negociación cultural. Las imágenes, técnicas y formas no permanecían vinculadas de manera exclusiva a un solo sistema cultural, sino que podían desplazarse y adquirir nuevos significados.

Guanajuato ofrece otro ejemplo de esta interacción. A finales del siglo XVIII, Miguel Hidalgo impulsó actividades manufactureras que incluyeron la producción de loza. Su interés por mejorar la calidad de los productos y desarrollar procedimientos productivos refleja la penetración de ideas ilustradas relacionadas con el trabajo, la manufactura y el aprovechamiento de los conocimientos técnicos.

La participación de artesanos indígenas en procesos de diseño y decoración añade una dimensión relevante. El objeto producido para el mercado colonial incorporaba elementos provenientes de diferentes tradiciones, evidenciando que la manufactura podía convertirse en un mecanismo de articulación económica y cultural.

Parte 6. Industrialización y transformación de la cultura material

Durante el siglo XIX y las primeras décadas del XX, la cerámica experimentó un cambio relacionado con la mecanización y la ampliación de los mercados. La fabricación de loza comenzó a incorporar métodos industriales que modificaron tanto la escala productiva como la organización del trabajo.

Las fábricas dedicadas a la producción de loza fina incorporaron tornos, hornos de mayor capacidad y departamentos especializados. La separación de tareas entre preparación de pastas, modelado, cocción y decoración favoreció una mayor estandarización.

La aparición de empresas como El Ánfora y otras manufacturas nacionales consolidó un sector industrial vinculado con la producción de vajillas, sanitarios y objetos de uso cotidiano. La cerámica comenzó a ocupar una posición estratégica dentro de la cultura material urbana.

La industrialización produjo una transformación ambivalente. Por una parte, favoreció la disponibilidad de objetos y redujo la dependencia de sistemas artesanales de producción. Por otra, introdujo criterios de estandarización que modificaron la relación tradicional entre objeto, productor y usuario.

Esta tensión entre repetibilidad industrial y singularidad artesanal continuaría presente durante todo el siglo XX y se convertiría en uno de los problemas centrales del diseño cerámico.

Parte 7. Nacionalismo, turismo y resignificación de lo artesanal

Después de la Revolución mexicana, las expresiones indígenas y populares adquirieron una función creciente dentro de los proyectos culturales destinados a construir una identidad nacional. La exposición de artes populares y el coleccionismo de artistas contribuyeron a modificar la valoración de objetos que anteriormente habían sido considerados principalmente como productos utilitarios.

El proceso adquirió especial intensidad durante las décadas de 1930 a 1950, cuando el turismo comenzó a asociar la experiencia mexicana con la arqueología, el paisaje y las artesanías.

Oaxaca, Taxco y Tonalá participaron de esta transformación mediante diferentes estrategias. En Oaxaca, determinados talleres incorporaron motivos zapotecos y referencias arqueológicas a productos destinados al mercado turístico. En Taxco, la presencia de diseñadores y artistas extranjeros favoreció la integración de técnicas comunitarias con lenguajes modernos.

Tonalá desarrolló una relación particularmente estrecha con el mercado estadounidense. La denominada “cerámica para gringos” evidencia cómo las imágenes de identidad nacional podían convertirse en mercancías. Motivos, colores y formas fueron seleccionados y modificados para responder a las expectativas del consumidor extranjero.

Este fenómeno permite observar una característica recurrente de la cultura material: la tradición no sólo se conserva, también se reconstruye a partir de las condiciones económicas en las que circula.

Parte 8. Alta temperatura y cambio tecnológico

La introducción de la cerámica de alta temperatura durante la segunda mitad del siglo XX constituyó uno de los cambios técnicos más significativos de la historia reciente de la cerámica mexicana.

El stoneware modificó las condiciones de cocción y generó nuevas posibilidades para las pastas y los esmaltes. En Tonalá, Ken Edwards y Jorge Wilmot desempeñaron un papel relevante en la incorporación y desarrollo de estas técnicas.

Ken Edwards llegó a México en 1955 y posteriormente trabajó en Tonalá, donde estableció vínculos con artesanos locales. Su producción combinó los procedimientos de alta temperatura con recursos decorativos de la tradición regional.

Jorge Wilmot, formado en la Academia de San Carlos y con experiencia adquirida en Europa, se estableció en Tonalá en 1959. Su trabajo con artesanos y su posterior experimentación con esmaltes amplió el campo técnico de la cerámica mexicana. La incorporación de procedimientos asociados con la cerámica japonesa, incluido el celadón, evidencia la continuidad de los intercambios internacionales.

La importancia de esta innovación no radica exclusivamente en la temperatura alcanzada por los hornos. El cambio tecnológico modificó las posibilidades expresivas del objeto y favoreció su circulación en nuevos espacios: galerías, museos, tiendas especializadas y exposiciones de diseño.

La cerámica comenzó entonces a desplazarse progresivamente desde el ámbito de la artesanía funcional hacia el de la producción artística y el diseño contemporáneo.

Parte 9. La autonomía de la cerámica como lenguaje artístico

Durante las décadas de 1960 y 1970, la experimentación con alta temperatura favoreció la consolidación de la cerámica como medio artístico autónomo. El grupo Cono 10 participó en este proceso mediante una investigación centrada en las posibilidades formales y materiales del stoneware.

La influencia del Studio Craft Movement estadounidense proporcionó un contexto internacional favorable para esta transformación. La cerámica comenzó a ser entendida como un medio capaz de producir conocimiento formal y conceptual, independientemente de su utilidad práctica.

En México, esta transformación adquirió características particulares debido a la existencia de una tradición alfarera extensa. La modernización no significó necesariamente abandonar el pasado; en numerosos casos consistió en utilizar conocimientos históricos como punto de partida para nuevas investigaciones.

El Taller Experimental de Cerámica de Alberto Díaz de Cossío constituye un ejemplo de esta orientación. La investigación sobre pastas, esmaltes y atmósferas de cocción convirtió los procedimientos técnicos en objeto de estudio.

El resultado fue una modificación del estatus del material. La cerámica ya no se evaluaba exclusivamente por su funcionalidad o por la destreza requerida para fabricarla, sino también por su capacidad para generar problemas formales, conceptuales y perceptivos.

Parte 10. La recuperación de técnicas históricas

La modernización de la cerámica mexicana coexistió con proyectos destinados a recuperar técnicas tradicionales. El trabajo de Gorky González y Javier Hernández Capelo en Guanajuato ejemplifica esta relación entre conservación e innovación.

Gorky González desarrolló una investigación sobre la mayólica histórica en diferentes regiones del país y posteriormente amplió su formación técnica en Japón. Su trabajo en Guanajuato se orientó a recuperar prácticas del Bajío y trasladarlas a objetos contemporáneos.

Hernández Capelo fundó en 1979 el Taller de Alfarería Mayólica de Guanajuato, desde donde trabajó con piezas utilitarias, murales y esculturas.

La recuperación de estas técnicas no debe interpretarse como una simple reproducción histórica. La actualización de una tradición implica seleccionar procedimientos, modificar proporciones, experimentar con temperaturas y adaptar los objetos a nuevos contextos de uso.

En términos tecnológicos, este proceso demuestra que tradición e innovación no constituyen necesariamente polos opuestos. Una técnica puede mantenerse vigente precisamente porque es capaz de responder a condiciones distintas de aquellas que determinaron su origen.

Parte 11. La dimensión africana de la cultura cerámica mexicana

El análisis de la cerámica mexicana requiere incorporar también la influencia de las poblaciones africanas trasladadas a la Nueva España durante el periodo colonial.

La presencia africana fue resultado de procesos de esclavización y desplazamiento forzado que involucraron a poblaciones procedentes de diversas regiones de África occidental y central. Estos grupos aportaron conocimientos y sistemas culturales que posteriormente formaron parte de la sociedad novohispana y mexicana.

Durante buena parte de la historiografía tradicional, estas contribuciones recibieron menor atención que las procedentes de Europa o de las culturas originarias. Desde las últimas décadas del siglo XX, diversos estudios comenzaron a reconocer esta dimensión bajo el concepto de “tercera raíz”.

La identificación de determinados repertorios visuales de posible procedencia africana permite cuestionar atribuciones automáticas que clasifican toda producción no europea como indígena. Este aspecto resulta especialmente relevante para la cultura material, donde las formas y motivos pueden desplazarse entre comunidades y adquirir nuevos significados.

La cerámica constituye, en este contexto, una fuente para estudiar la complejidad del mestizaje cultural y las formas mediante las cuales diferentes tradiciones materiales fueron integrándose en el territorio novohispano.

Parte 12. Autoría, género y transformación de la valoración artística

La valoración de la producción popular experimentó una transformación durante las primeras décadas del siglo XX. La exposición Las artes visuales en México, organizada en 1921 bajo la coordinación de Gerardo Murillo, el Dr. Atl, contribuyó a generar un nuevo interés entre artistas e intelectuales por las expresiones culturales producidas fuera de los circuitos académicos.

Artistas como Jorge Enciso, Roberto Montenegro, Diego Rivera y Miguel Covarrubias participaron en la recopilación, valoración y coleccionismo de objetos indígenas y populares.

Este proceso coincidió con el proyecto nacionalista posterior a la Revolución. Las artes populares comenzaron a funcionar como elementos capaces de expresar una identidad colectiva, aunque su incorporación al discurso institucional también implicó nuevas formas de clasificación.

La colección reunida por Diego Rivera y Frida Kahlo constituye un ejemplo de esta transformación. La incorporación de piezas indígenas y populares a sus colecciones contribuyó a situarlas dentro de espacios de conservación y exhibición vinculados con la historia del arte.

La discusión sobre autoría adquiere especial relevancia cuando se considera el papel de las mujeres. Figuras como Rosa Real Mateo de Nieto y Teodora Blanco muestran que la producción alfarera no puede comprenderse únicamente mediante categorías de estilo o región. También es necesario reconstruir las trayectorias de quienes desarrollaron los conocimientos técnicos y transmitieron los procedimientos dentro de sus comunidades.

El reconocimiento del autor modifica la lectura del objeto. La pieza deja de ser exclusivamente un producto representativo de una tradición y puede ser estudiada como resultado de una práctica individual, con decisiones formales y técnicas específicas.

Parte 13. Materialidad y cerámica contemporánea

En la producción contemporánea, la materia ha adquirido una presencia discursiva que modifica la relación tradicional entre objeto y proceso.

Las irregularidades de la superficie, las fracturas, las deformaciones producidas durante el secado y las variaciones ocasionadas por la cocción pueden incorporarse deliberadamente a la obra. El proceso deja de ser una etapa destinada únicamente a obtener un resultado y se convierte en parte del contenido material de la pieza.

Esta característica tiene implicaciones técnicas. La cerámica es particularmente sensible a variables difíciles de controlar por completo. La contracción de la arcilla, la distribución de humedad, la composición de los esmaltes, la velocidad de calentamiento y enfriamiento y las condiciones atmosféricas del horno pueden alterar el resultado.

El creador trabaja, por tanto, dentro de un sistema de control parcial. La experimentación consiste no sólo en dominar variables, sino también en comprender cómo interactúan y qué margen de variación producen.

La cerámica contemporánea explota esta condición mediante piezas que desbordan la forma tradicional de la vasija y se aproximan a la instalación, el mobiliario, la arquitectura o la escultura.

Parte 14. Cerámica ilustrada y expansión del objeto utilitario

La cerámica ilustrada constituye otra manifestación de la expansión del medio. En ella, el dibujo se incorpora a objetos de uso cotidiano y transforma su superficie en un espacio narrativo.

El procedimiento puede recurrir a pigmentos, engobes, esmaltes o sistemas de transferencia. Cuando la imagen se realiza directamente sobre la pieza, el resultado final depende tanto de la ejecución gráfica como de la respuesta del material durante la cocción.

La integración del dibujo y el volumen modifica la experiencia del objeto. Una taza o un plato deja de ser únicamente un recipiente decorado y se convierte en una superficie narrativa que participa de los rituales cotidianos.

Esta práctica también evidencia la permeabilidad actual entre disciplinas. Artistas visuales, ilustradores y diseñadores encuentran en la cerámica un soporte capaz de trasladar lenguajes bidimensionales al espacio tridimensional.

La función utilitaria permanece, pero deja de ser el único criterio para definir el objeto.

Parte 15. Discusión: continuidad y transformación de la cultura material

El recorrido histórico analizado permite identificar una característica común en la evolución de la cerámica mexicana: las transformaciones tecnológicas rara vez eliminan completamente los sistemas anteriores. Con frecuencia, las nuevas técnicas se integran con conocimientos existentes y generan configuraciones híbridas.

La incorporación de los vidriados europeos no sustituyó de manera inmediata las prácticas indígenas; la porcelana asiática no eliminó la producción local; la industrialización coexistió con talleres artesanales; la alta temperatura no desplazó definitivamente la alfarería tradicional.

Esta coexistencia permite cuestionar una interpretación estrictamente evolucionista de la tecnología, según la cual cada innovación reemplazaría a la anterior. La historia cerámica muestra un comportamiento más complejo: diferentes sistemas técnicos pueden coexistir porque responden a necesidades, mercados y valores distintos.

La función también experimenta transformaciones. Un objeto puede comenzar como utensilio doméstico, convertirse posteriormente en mercancía turística y terminar incorporado a una colección museística. La materialidad permanece relativamente estable, mientras cambia el sistema de relaciones que determina su significado.

El caso de la vasija sintetiza este fenómeno. Su estructura funcional permanece reconocible durante milenios, pero sus dimensiones, superficies, técnicas y contextos de uso cambian continuamente.

Desde esta perspectiva, la cerámica puede considerarse una tecnología particularmente eficaz para estudiar procesos de larga duración. Sus objetos conservan evidencias de transformaciones técnicas y sociales que, en otros ámbitos, pueden resultar difíciles de rastrear.

Conclusiones

La historia de la cerámica en México evidencia una relación continua entre materia, tecnología, función y cultura. Desde las tradiciones originarias hasta las prácticas contemporáneas, el barro ha funcionado como soporte de conocimientos técnicos y como medio para expresar transformaciones sociales.

Su evolución no responde a una secuencia lineal de sustituciones. Las técnicas indígenas, los procedimientos europeos, las influencias asiáticas y africanas, la manufactura industrial y la experimentación contemporánea se superponen y generan nuevas configuraciones.

El comercio transpacífico mostró tempranamente la capacidad de la cerámica para transportar no sólo mercancías, sino también preferencias estéticas y conocimientos técnicos. La industrialización modificó la escala productiva y la relación entre objeto y consumidor. El nacionalismo cultural transformó la percepción de la artesanía y contribuyó a convertir determinadas producciones regionales en símbolos de identidad. La alta temperatura amplió las posibilidades técnicas del medio y favoreció su consolidación como lenguaje artístico.

En la actualidad, la cerámica continúa expandiendo sus límites. La pieza puede conservar una función doméstica, convertirse en obra escultórica, integrarse a una instalación o utilizarse como superficie para la ilustración. Estas posibilidades no eliminan su historia material; la incorporan.

La persistencia del barro se explica, en buena medida, por esa capacidad de adaptación. Su valor cultural no depende exclusivamente de la antigüedad de las técnicas ni de la permanencia de determinadas formas, sino de la posibilidad de reinterpretarlas frente a nuevas condiciones sociales, económicas y estéticas.

En última instancia, Barro y cerámica en México: Poéticas de lo utilitario permite comprender que la cerámica constituye mucho más que una categoría artesanal o artística. Es un sistema material en el que convergen conocimiento técnico, trabajo, intercambio, memoria y diseño. La tierra transformada mediante agua y fuego adquiere propiedades nuevas, pero también registra las decisiones de quienes la trabajan y los contextos en los que los objetos circulan.

La permanencia de la cerámica no reside, por tanto, en que sus formas permanezcan intactas. Se encuentra en su capacidad para transformarse sin perder la relación esencial entre materia, función y experiencia humana.

Editor-in-Chief: Julio César. Periodista con más de 15 años de experiencia en la investigación y desarrollo de contenidos especializados para medios impresos y digitales en México y Latinoamérica. 

IG: @imjucesar // LinkedIn: @imjucesar

Referencias (1)

Banco Nacional de México, & Patrimonio y Fomento Cultural Banamex. (2026). Barro y cerámica en México: Poéticas de lo utilitario [Exposición]. Curaduría: Ana Elena Mallet y Juan Rafael Coronel Rivera.

Créditos de la exposición

Banco Nacional de México / Patrimonio y Fomento Cultural Banamex

Dirección general: Natalia Pollak.

Curaduría: Ana Elena Mallet; Juan Rafael Coronel Rivera.

Coordinación de la exposición: Leticia Gámez; Rocío Blázquez.

Asistentes de curaduría: Marilyn Castillo; Pilar Obeso.

Proyecto museográfico: Sinestesia Arquitectos.

Conservación: Straulino Restauración.

Arte popular: Román Ruiz; Mariana Martínez; Silvia Martínez del Olmo; Sandra Leticia Pasos; Fernando Gómez; José Montserrat Barbosa; Alberto Peñaloza.

Exposiciones: María Itzel Brito; José María Lorenzo; Karla Solache; Adrián Ochoa; Luis Zamora.

Editorial: Carlos Monroy; Gerardo Rivera; José Octavio Herrman.

Desarrollo académico y difusión: Juan Carlos Almaguer; Yadira I. Vázquez; Andrea Behar; Larissa Espinosa; Erika Hernández; Diana M. Alfaro; Sonia Pérez.

Mediación: Javier Ramírez; Silvia Heras.

Casas señoriales: Ignacio Monterrubio; Nayali León.

Donativos: María Ruíz.

Comercialización: Jair Bautista; Jessica Soriano; José María Pérez; José Luis Justo.

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