Comunicar mejor no depende de hablar bonito: la estrategia, la síntesis y las pausas cambian un discurso
Por: Julio César
Una buena comunicación no depende de hablar bonito: requiere definir el mensaje, entender a la audiencia y expresarse con claridad y precisión.
Hablar bien no consiste necesariamente en utilizar palabras sofisticadas, evitar todas las muletillas o construir frases especialmente elaboradas. Para Fernando Miralles, campeón de España de oratoria, una comunicación eficaz empieza antes de pronunciar la primera palabra: exige definir qué se quiere transmitir, qué espera obtener la audiencia y cuál es la idea que debe permanecer en su memoria.
En una clase dedicada a mejorar la comunicación oral, Fernando Miralles desarrolla una metodología basada en seis aspectos: definir un mensaje principal, adaptar el discurso a los intereses de la audiencia, sintetizar las ideas, estructurar el contenido, utilizar pausas y trabajar la dicción. El propósito es que una persona pueda expresar una idea con claridad y en un tiempo limitado, incluso cuando tenga que improvisar.
La comunicación comienza antes de hablar
Una de las primeras ideas que desarrolla el experto es que la buena comunicación no depende de “hablar bonito”. La elocuencia, las pausas, la ausencia de muletillas y la forma de pronunciar tienen peso, pero no sustituyen la preparación.
La primera decisión consiste en responder una pregunta: ¿qué quiero que la gente recuerde cuando termine de escucharme?
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Ese mensaje debe poder condensarse en una frase. Miralles utiliza como ejemplo “aprender a hablar en público es darle un altavoz a tus sueños”, una idea que ha empleado en sus libros y cursos para resumir su visión sobre la oratoria.
El ejercicio puede trasladarse a distintos ámbitos. Un profesional de la fisioterapia podría centrar su comunicación en la importancia de la prevención; un dentista, en la necesidad de cuidar la salud dental más allá de la apariencia de una sonrisa. En ambos casos, el objetivo es encontrar una idea que pueda permanecer en la mente de quien escucha.
La dificultad aparece cuando se intenta comunicar demasiadas cosas al mismo tiempo. Para evitarlo, propone trabajar con un discurso de un minuto.
Un minuto para aprender a sintetizar
El límite de 60 segundos funciona como ejercicio para obligar a seleccionar. La persona debe decidir qué información merece permanecer y qué puede eliminarse.
La propuesta parte de una situación habitual: improvisar. Muchas conversaciones cotidianas no se preparan de antemano, pero eso no significa que carezcan de estructura. Según Miralles, la improvisación mejora cuando se han entrenado previamente determinadas formas de organizar las ideas.
El ejercicio consiste en explicar una idea durante un minuto y observar qué ocurre. Algunas personas pueden quedarse en blanco; otras comienzan a hablar con nerviosismo, pierden el hilo o intentan introducir demasiada información.
La preparación, en este planteamiento, no elimina la improvisación. La hace más manejable.
Miralles relaciona esta capacidad de síntesis con la atención de las audiencias. Como ejemplo de su experiencia en redes sociales, cuenta que en 2020 y 2021 sus contenidos podían presentar tres libros, consejos o claves para mejorar la comunicación y obtener buenos resultados. Hacia finales de 2024 y durante 2025, observó que su audiencia respondía mejor a contenidos centrados en una sola idea.
A partir de esa observación, propone concentrar el discurso en una idea principal y expresarla en el menor tiempo posible.
El razonamiento se extiende a otros formatos: una intervención breve, una conversación profesional o el llamado elevator pitch. La capacidad de explicar una idea en 60 segundos obliga a identificar lo esencial.
Introducción, desarrollo y conclusión
Para ordenar ese mensaje, el experto recupera una estructura conocida: introducción, desarrollo y conclusión.
La introducción presenta el tema y busca captar la atención. El desarrollo contiene la explicación principal. El cierre conduce a la audiencia hacia el siguiente paso.
En la primera parte propone combinar un gancho con una promesa. El gancho puede ser una pregunta, un dato, una cita, una frase llamativa o un contraste. La promesa responde a otra cuestión: qué obtendrá la audiencia si continúa escuchando.
El desarrollo debe justificar aquello que se anunció al principio. No basta con captar la atención; hay que entregar la información que sustenta la promesa.
El cierre, por su parte, debe orientar la acción. Puede consistir en una recomendación, una invitación a profundizar o una indicación concreta sobre lo que conviene hacer después de escuchar el mensaje.
Miralles insiste en que estas partes no deben sentirse como bloques aislados. Decir explícitamente “conclusión”, por ejemplo, puede romper la continuidad del discurso. La transición debe surgir de manera natural.
Entender qué quiere la audiencia
Una segunda pregunta modifica la forma de construir el mensaje: ¿qué quiere la audiencia?
El experto sostiene que quien comunica debe identificar qué espera obtener la persona que escucha. Su propia clase sigue esa lógica: quien la ve busca aprender herramientas para comunicarse mejor y aplicarlas posteriormente.
Desde ahí introduce otro ejercicio: distinguir entre aquello que interesa a la audiencia y aquello que quiere conseguir quien habla. La comunicación eficaz aparece, según su explicación, en la intersección de ambos intereses.
El ejemplo de una negociación salarial muestra cómo aplicar esta idea. Un trabajador puede querer ganar más, mientras que su jefe busca resultados, capacidad para resolver problemas y una persona en la que pueda confiar. Para construir el argumento, el empleado tendría que comprender qué necesita su interlocutor y mostrar cómo su trabajo responde a esas necesidades.
La misma lógica puede trasladarse a una conversación comercial, una presentación profesional o una conversación personal: antes de hablar, conviene saber qué se quiere conseguir y qué espera recibir la otra persona.
El principio de “ganas-pierdes”
Sobre esa base, se incorpora otra estructura: mostrar qué gana la audiencia si presta atención y qué puede perder si no actúa.
En un contexto formativo, por ejemplo, el mensaje puede vincular el aprendizaje con una mejora concreta y explicar qué ocurre si la persona decide no aplicar lo aprendido. La finalidad es hacer explícito el resultado que se pretende obtener.
Esta fórmula debe aparecer desde el comienzo, dentro de la promesa, y puede recuperarse al final mediante una repetición circular: la idea con la que se abrió el discurso vuelve a aparecer en el cierre.
El recurso refuerza la memoria del mensaje porque la frase principal funciona como hilo conductor entre el inicio y el final.
Afirmación, razón y repetición
Miralles propone después una estructura más sencilla para discursos cortos y conversaciones: afirmación, razón y repetición.
Primero se formula la idea que se quiere dejar en la memoria. Después se explica por qué es cierta o por qué importa. Finalmente, la frase inicial regresa para cerrar el argumento.
El ejemplo vuelve a ser su mensaje sobre la oratoria: hablar en público puede dar un “altavoz” a las ideas y proyectos de una persona porque la capacidad de comunicar facilita que otros comprendan una visión y se sumen a ella.
La estructura obliga a mantener una sola idea como eje. La explicación puede desarrollarla, pero no debería desplazarla con nuevos mensajes principales.
A juicio de Miralles, la dificultad de condensar un discurso en un minuto reside precisamente en decidir qué decir y qué dejar fuera. Retoma para ello una frase atribuida a Winston Churchill sobre la relación entre el tiempo disponible para preparar una intervención y la extensión del discurso: cuanto más breve debe ser el resultado, mayor puede ser el trabajo previo de síntesis.
Las pausas ayudan a controlar el ritmo
Una vez definido el contenido, la atención pasa a la forma de expresarlo. Uno de los ejercicios consiste en introducir pausas de uno o dos segundos después de cada frase.
Hablar demasiado rápido puede saturar a quien escucha y dificultar la comprensión. El silencio, explica Miralles, no debe entenderse como un vacío que hay que evitar, sino como un espacio que ayuda a que el mensaje sea procesado.
La práctica busca corregir, además, el temor a los silencios. Las pausas pueden ocupar el lugar de algunas muletillas que aparecen cuando el hablante intenta evitar quedarse en silencio mientras piensa qué decir.
Para entrenar esta habilidad, propone repetir el discurso de un minuto haciendo pausas deliberadas. Después, el ejercicio puede intensificarse hasta tres segundos entre las partes principales de la estructura.
Con la práctica, la pausa deja de sentirse artificial y pasa a integrarse en la manera habitual de hablar.
La dicción: que cada palabra pueda entenderse
El siguiente aspecto es la dicción, entendida como la capacidad de pronunciar de manera que cada palabra pueda distinguirse con claridad.
Para entrenarla recurre a los trabalenguas. Uno de los ejercicios consiste en repetir lentamente “tres tristes tigres tragaban trigo en tres tristes trastos, sentados tras un trigal”, prestando atención a cada sonido.
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La indicación es no acelerar cuando aparece una dificultad. Si una palabra provoca un tropiezo, recomienda detenerse, respirar y repetirla con mayor calma antes de continuar.
Después incorpora un ejercicio con un lápiz o bolígrafo colocado entre los dientes. La práctica dificulta deliberadamente la articulación y obliga a trabajar la musculatura implicada en el habla. Una vez retirado el objeto, el hablante vuelve a pronunciar el mismo texto y compara la sensación y claridad de la emisión.
Más que buscar velocidad, el ejercicio pretende aumentar la conciencia sobre la pronunciación de cada palabra.
Seis habilidades que forman una misma estrategia
Los ejercicios de la clase siguen una secuencia: primero se define la idea que debe recordar la audiencia; después se identifican sus intereses y los del emisor; luego se construye un discurso breve con introducción, desarrollo y cierre; posteriormente se incorporan pausas y, finalmente, se trabaja la dicción.
La propuesta parte de una premisa sencilla: la calidad de una intervención no depende de cuánto se habla, sino de la capacidad para transmitir una idea con claridad y propósito.
Esa lógica puede aplicarse a situaciones muy distintas: una conversación con un jefe, una negociación con un cliente, una presentación, un video para redes sociales, un mensaje de voz o una conversación familiar. El denominador común es que el hablante necesita saber qué quiere comunicar, qué espera la otra persona y cuál es el mensaje que debe permanecer después de terminar la conversación.
La oratoria, desde esta perspectiva, no empieza con la elección de palabras. Empieza con una decisión previa: saber qué se quiere conseguir con ellas.
Editor-in-Chief: Julio César. Periodista con más de 15 años de experiencia en la investigación y desarrollo de contenidos especializados para medios impresos y digitales en México y Latinoamérica.
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