Por: Julio César
México registró 39,983 sismos en 2025. La preparación empresarial debe considerar proveedores, servicios, seguros y continuidad operativa.
Evacuar un edificio es apenas una parte de la preparación ante un sismo. En el ámbito corporativo, la emergencia puede continuar horas, días o semanas después, cuando aparecen cortes de electricidad, problemas de transporte, fallas de telecomunicaciones, restricciones de acceso a instalaciones o interrupciones entre proveedores de los que depende la operación.
La exposición no es menor en un país con actividad sísmica constante. Durante 2025, el Servicio Sismológico Nacional (SSN) registró 39,983 sismos en México. La cifra, por sí misma, no significa que esté temblando más. El organismo explica que el incremento de eventos localizados durante los últimos años está relacionado principalmente con nuevas estaciones sismológicas y una mejor cobertura del territorio, capaces de detectar movimientos de menor magnitud.
La imposibilidad de saber cuándo ocurrirá el siguiente movimiento añade otra dificultad. El Centro Nacional de Prevención de Desastres (Cenapred) advierte que actualmente los sismos no pueden predecirse. La prevención, los simulacros y las medidas de autoprotección siguen siendo las herramientas disponibles para disminuir daños y pérdidas.
Para las empresas, esa preparación abre una pregunta que suele recibir menos atención que la evacuación: ¿qué ocurre con el negocio después de que las personas están a salvo?
Cuando el daño ocurre fuera de la empresa
Una planta, oficina o establecimiento puede superar un terremoto sin daños estructurales graves y, aun así, quedar imposibilitado para trabajar.
La causa puede encontrarse kilómetros más lejos. Si un proveedor deja de surtir materiales, se interrumpe el transporte, falla la red eléctrica o un tercero indispensable pierde capacidad de operación, las consecuencias alcanzan a empresas cuyas instalaciones permanecieron intactas.
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Marsh advierte que los efectos pueden extenderse simultáneamente a inmuebles, colaboradores, comunicaciones, servicios básicos, proveedores y cadenas de suministro. Bajo esas condiciones, una emergencia física termina convirtiéndose en un problema operativo y financiero.
El antecedente del 19 de septiembre de 2017 muestra la dimensión que pueden alcanzar esas interrupciones. El sismo de magnitud 7.1 afectó a la Ciudad de México, Morelos, Puebla, Estado de México, Guerrero, Oaxaca y Tlaxcala. Cenapred estimó posteriormente afectaciones económicas por 62,099 millones de pesos.
Los servicios esenciales sufrieron alteraciones inmediatas. El Centro Nacional de Control de Energía reportó entonces alrededor de 5,000 megawatts de demanda eléctrica afectada en el centro del país, mientras que información oficial de Protección Civil registró interrupciones del suministro para millones de personas.
La experiencia deja como lección empresarial que la magnitud del sismo no basta para calcular cuánto puede afectar a una compañía. Importan la ubicación de las instalaciones, su condición física, la disponibilidad de servicios, las rutas de transporte, la concentración de proveedores y el tiempo durante el cual una actividad puede permanecer detenida.
Qué tendría que seguir funcionando después de evacuar
Una vez superada la emergencia inmediata, recuperar todas las actividades al mismo tiempo puede resultar imposible. De ahí que la continuidad de negocio exija decidir previamente cuáles operaciones deben volver primero.
Una planta podría necesitar energía y materias primas para reiniciar producción. Un comercio depende de inventarios, sistemas de cobro y comunicaciones. En una oficina pueden bastar computadoras y conexiones remotas para mantener determinadas funciones, mientras otras requieren regresar físicamente al inmueble.
Ese análisis cambia las preguntas habituales de un simulacro.
Ya no se trata únicamente de saber cuánto tarda una evacuación, sino de identificar cuánto tiempo podría permanecer detenida una operación crítica, qué actividad puede trasladarse temporalmente, qué personas deben participar en la recuperación y cuáles son las dependencias que podrían impedir el regreso a la normalidad.
Entre los puntos que Marsh propone revisar aparecen cinco áreas.
Instalaciones y operaciones críticas. No todas las ubicaciones tienen la misma importancia para mantener el negocio. Localizar las que concentran producción, almacenamiento, información o servicios indispensables ayuda a definir prioridades.
Continuidad de las operaciones. Los planes deben contemplar situaciones en las que un inmueble permanezca inaccesible o falle temporalmente la electricidad, el agua, las telecomunicaciones o el transporte.
Proveedores indispensables. Una empresa puede tener sus instalaciones disponibles y, pese a ello, detenerse porque otra organización de la cadena sufrió daños. Conocer dónde están esos proveedores y qué alternativas existen reduce esa dependencia.
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Comunicación durante la crisis. Colaboradores, clientes, autoridades y socios necesitan canales definidos con anticipación. Una emergencia que inutilice teléfonos, oficinas o redes habituales obliga a contar con opciones distintas para localizar a las personas y distribuir instrucciones.
Seguros y recuperación financiera. Conocer las coberturas contratadas, deducibles, valores asegurados y procedimientos para presentar una reclamación evita descubrir las condiciones de la póliza cuando el daño ya ocurrió.
Un simulacro puede continuar después de la evacuación
Los simulacros suelen concentrarse en los primeros minutos de una emergencia: activar protocolos, abandonar el inmueble, localizar zonas seguras y verificar que las personas hayan salido.
Desde la óptica de continuidad operativa, el ejercicio podría prolongarse sobre el papel varias horas más.
¿Qué ocurriría si el edificio permanece cerrado durante tres días? ¿Quién decide qué actividades se reanudan? ¿Los empleados pueden trabajar desde otro sitio? ¿Existe información indispensable almacenada únicamente dentro de las instalaciones? ¿Qué pasa si el proveedor principal deja de entregar durante una semana?
Martha Porcel, Directora de Daños y Siniestros para Marsh Latinoamérica y el Caribe, considera que esas preguntas deberían integrarse a los ejercicios de preparación.
“La experiencia de eventos anteriores muestra que las consecuencias de un terremoto pueden extenderse mucho más allá del daño físico inmediato. Incorporar la continuidad operativa, la protección financiera, la gestión de proveedores y la seguridad de las personas dentro de una misma estrategia permite fortalecer la capacidad de respuesta y recuperación”, explicó.
Su planteamiento apunta a una diferencia sencilla entre responder a la emergencia y recuperar una organización. La primera tarea comienza cuando ocurre el movimiento; la segunda puede prolongarse mucho después.
Cenapred insiste en que México mantiene una actividad sísmica permanente y que ningún método permite conocer con anticipación la fecha, hora, lugar y magnitud de un próximo sismo.
Bajo esta premisa, prepararse significa entonces trabajar sobre aquello que sí puede decidirse antes de una emergencia: conocer dónde están sus dependencias más vulnerables, establecer responsabilidades, disponer de alternativas y comprobar si los planes realmente podrían ejecutarse.
Después de evacuar y comprobar que las personas están seguras aparece una segunda pregunta, menos visible pero decisiva para cualquier organización: ¿cómo volver a operar?
Editor-in-Chief: Julio César. Periodista con más de 15 años de experiencia en la investigación y desarrollo de contenidos especializados para medios impresos y digitales en México y Latinoamérica.
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